Un canalla sin ventura by Ángel Miranda Vicente

Un canalla sin ventura by Ángel Miranda Vicente

autor:Ángel Miranda Vicente [Miranda Vicente, Ángel]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Histórico, Aventuras
editor: ePubLibre
publicado: 2021-07-15T00:00:00+00:00


* * *

Durante aquellas jornadas interminables, sin buen mandado y con cada cual preocupándose por mantenerse con vida más que otra cosa, hube de aprovechar la ocasión tornándola en beneficio propio. Andaba yo pensando en el asunto de las cartas de marear ignotas desde que el Urdaneta las hubiera mentado. No podía sacarme esos mapas prodigiosos de la cabeza ni aun con la sed y la muerte rondando tan próximas, de modo que una de las noches en que ejercía de guardia no pude evitar ceder ante el ansia de jugarme el pescuezo por mera curiosidad. Me arrastré con todo el sigilo que fui capaz hasta el camarote donde sabía que guardaban los legajos más valiosos, pues había visto cómo Andrés los consultaba en no pocas ocasiones, más aún desde que murió Elcano, ya que recaían sobre él muchos de los quehaceres náuticos. No fue difícil localizarlos sin ser visto, pues los hombres dormitaban agotados y sin fuerza alguna para mantenerse alerta o siquiera importarles un ardite lo que yo pudiera urdir.

Di así fácilmente con el cajón donde había visto guardar las cartas, pero cuál fue mi sorpresa al comprobar que se encontraba cerrado con llave. Por mucho que tiré de la tapa con fuerza y trasteé con la cerradura, no fui capaz de abrir la maldita jaula que contenía todo el saber que yo tanto anhelaba. Lo golpeé con furia, contrariado, provocando más escándalo del que debiera y dando aviso a quien menos esperaba.

—¡Quieto donde estáis u os doy muerte aquí mismo, bellaco! —silbó una silueta a mi espalda.

Me giré sujetando el corazón entre los dientes y recabé en que la sombra venía acompañada de un afilado y puntiagudo cuchillo, cuyo filo resplandecía a luz de una lámpara. No tardé en reconocerle: se trataba de Urdaneta, cómo no.

—Bajad eso, demonios —respondí alterado—. Tan solo quería ver esas cartas maravillosas de las que tanto habláis antes de perecer en este maldito purgatorio —confesé con sinceridad.

Andrés vaciló por unos momentos, pero finalmente guardó el arma y, tras dudarlo unos instantes y para mi gran extrañeza, decidió abrir la cerradura y mostrarme aquel preciado documento. He de imaginar que él también se encontraba agotado y hundido, con lo que quizá pensó que no podría causar aquello ya ningún mal y que compartir sus conocimientos conmigo era de los pocos placeres que podrían quedarle en lo que parecían ser los últimos días de nuestras vidas. El tiempo le mostraría el error en el que tropezó, pero entonces no podía saber cómo acabaría nuestra relación.

Extendió la carta en una mesa y la alumbró con la linterna. No podría describiros con meras palabras el gran asombro y maravilla que me causó semejante visión. Un lienzo portentoso se descubrió ante mí mostrándome las costas de todo el mundo conocido según la luz iluminaba su penumbra. Las tierras recién descubiertas se presentaban definidas al detalle, con una ristra de nombres acompañando cada uno de sus cabos y puertos. Al oeste, el gran continente americano dibujaba un trazo que terminaba en el estrecho de Magallanes, pero cuya silueta al otro lado era aún desconocida.



descargar



Descargo de responsabilidad:
Este sitio no almacena ningún archivo en su servidor. Solo indexamos y enlazamos.                                                  Contenido proporcionado por otros sitios. Póngase en contacto con los proveedores de contenido para eliminar el contenido de derechos de autor, si corresponde, y envíenos un correo electrónico. Inmediatamente eliminaremos los enlaces o contenidos relevantes.